La joven se había cubierto con la capa negra de su padre para pasar así más desapercibida. Había escapado de su casa aprovechando que la madre rezaba el rosario y el padre partía leña en el corral.
No habían sido una familia afortunada. Sus padres la tenían a ella como única hija y aunque esto les llenó de tristeza supieron darle cariño, pero sabía que en el pueblo se hablaba de ellos como si estuvieran maldecidos.
Eran pobres, y aunque la enfermedad les había respetado, al ser sólo tres no habían podido trabajar tanto como otros que tenían seis o diez hijos, pero todo eso estaba a punto de cambiar ya que ella había tenido la gran suerte de ser escogida, para ser su esposa, por el campesino más rico y protegido por el señor del pueblo,
Desde que las campanas habían tocado la hora Nona había estado inquieta y esperaba anhelante el toque a Vísperas para salir. Por fin el sol se escondía y ella había podido escabullirse.
Llegó ante la casa, de madera y adobe, muy parecida a la suya aunque algo más grande, con miedo llamó a la puerta.
Desde dentro la voz de un anciano le respondió dándole permiso para entrar.
-¿Cómo te has atrevido a venir a estar horas tú sola? ¿Lo saben tus padres que estás aquí?
-No, pero necesitaba preguntarle. Ya sabe. Mañana me caso.
-Si, bien que lo sé ¿y para qué me quieres? Yo no soy el cura.
-Señor Sancho, usted es un sabio, usted me puede decir qué tiempo hará mañana.
El hombre se río de las palabras de la joven.
-No soy sabio Juana, soy viejo, tengo setenta años y no he salido nunca de este lugar, por eso sé tanto del tiempo, porque he observado mucho.
-En el pueblo dicen que usted es poco menos que un brujo porque siempre adivina si va a llover o no, si nevará, o si hará viento…
-Son unos ignorantes supersticiosos, aún no sé cómo no me han quemado ya. Les debo dar miedo.
-Le necesitan.
-Porque no saben mirar al cielo.
-No me haga sufrir más. Dígame ¿Lloverá mañana?
-¿Tú qué quieres?
-Lo he previsto todo señor Sancho, mañana es luna llena y estamos en junio, es el mejor momento para casarse, mi primer hijo podrá nacer en primavera, sólo me falta saber si lloverá o no.
El viejo se miró a la muchacha con dulzura. Para ella era un milagro aquella boda, iba a poder salir de la miseria. No importaba que él fuera quince años mayor ni que la hubiese escogido por su naturaleza sana y porque estaba acostumbrada a trabajar duramente. Cabía la posibilidad de que ella no pariera muchos hijos, pero eso no le importaba, su primera mujer ya le dio cinco.
-¿Sabes? Soy viejo y ya no puedo trabajar el huerto pero sí que me queda vista para mirar arriba y hoy he pensado en ti. Este no ha sido un año de lluvias, con la falta que nos hacen, mañana no lloverá, no porque tú le hayas rezado a Santa clara como te ha dicho tu madre, sino porque no hay nubes ni habrá durante unos días. ¿Has visto la puesta de sol?
-Cuando venía.
-Te habrás fijado que el cielo no estaba muy rojo. Mañana no hará viento. Tendrás un cielo limpio y podrás casarte bajo la luna llena, eso ya te dará la tranquilidad que buscas.
-¿Y tendré muchos hijos?
-No necesitas lluvia ni lunas llenas ni nada de eso, Juana, tendrás hijos, Ramiro es fértil y seguramente tú también.
-¿Y si me pasa como a mi madre?
-No serán las nubes las que te impidan tener descendencia. Anda, vuelve a tu casa y duerme tranquila. Mañana será un gran día. Lucirá el sol y lucirá la luna. Cásate en paz y procura ser feliz. Quiere a tu marido y a sus hijos y a los tuyos propios enséñales a leer y un oficio. Les hará falta en el futuro.
-¿Por qué me dice esas cosas señor Sancho?
-Porque igual que Dios me ha dado tiempo para observar los cielos también he podido fijarme en los hombres. Anda, vete a tu casa.
-Gracias señor Sancho.
La muchacha se acercó al viejo y le besó en la mejilla. Estaba agradecida. Era un hombre raro pero aunque no le entendía del todo sabía que no era un brujo, para ella era más un sabio.
-Le haré caso. Enseñaré a mis hijos a leer.
-Y un oficio, acuérdate.
-Así será.
-Vete en paz.
Corrió de vuelta. Por suerte para ella sus padres no habían notado su ausencia y pudo meterse en la cama sin dar ninguna explicación sobre lo que había hecho.
A los Maitines se quedaba dormida.
El resplandor de la casi luna llena entraba por la ventana e iluminaba su rojo vestido de novia, heredado de su madre y ésta de la suya.
1 comentari:
Quina gràcia, jo també he coincidit en el tema, però el teu texte es molt més original
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