El exilio de Manuel
Manuel, o el gallego como solían llamarles los chicos del barrio, era un viejo buenísimo, vendía cucuruchos de maní, cerca del laguito del parque independencia. Tenía una pierna rígida y muy molesta, especialmente los días de lluvia. Según nos contó, fue una herida que sufrió en la guerra civil española.
Cuando contaba las historias de aquella guerra, como un ritual, se quitaba la boina, como dejando libres los recuerdos más caros de su vida, y especialmente de su juventud.
CAMINAD SIEMPRE ERGUIDOS, CON ORGULLO, LA MIRADA AL FRENTE.
Era su latiguillo de batalla, como si hablara con sus hijos. Todos lo eramos en aquel momento.
Un domingo de Mayo lo vimos aparecer desde el horizonte, rodeados de sombras frías, aletargadas, parecía que escapaba de algo, de alguien, de si mismo. El pecho abierto de la camisa, la chaqueta sucia por el polvo y un paso esquivo, le hacían compañía. Apenas se sostenía con el bastón de caña que llevaba a todas partes. Pudo llegar al banco y sentarse a duras penas, el olor rancio que destilaba, se apropió del lugar, mostrando una cara desconocida para nosotros.
Habló en una lengua extraña, luego supimos que falaba galego , lanzando insultos con voz quebrada y ronca que nacían desde el fondo del abismo. Abrió su camisa a la altura del pecho y hundió sus dedos, como intentando llegar al corazón y así poner fin a tantos años de soledad.
Pará gallego, tranquilizate, le decíamos. No había caso , sus monstruos le hicieron la visita aquel día, y no paraba de golpearse furioso, descontrolado.
Nos asustamos impotentes al ver aquella escena imposible. Instintivamente nos abrazamos a Manuel, rompiendo en llanto sin saber porque.
Se tranquilizó por fin, sus manos cuarteadas fueron directamente a las gafas empañadas, y se le oyó decir.
Carmiña... Carmiña... Decía en voz baja , una y otra vez.
Era su esposa que no pudo escapar con él de la guerra, debido a su avanzado estado de gestación. Carmiña era una maestra republicana de aquel pueblo gallego, amaba la libertad, creía en la educación, en los valores de del conocimiento intelectual, no en la religión, como era obligado pensar para algunos en aquel momento de la historia.
La llegada al pueblo de los falangistas, solo trajo dolor y muerte, abrió las heridas más `profundas en aquel pequeño pueblito de campesinos.
Separaban a la gente de manera especial. Conmigo o contra mí, no había matices discutibles.
A Carmiña le raparon el pelo y le pusieron el titulo de roja, nadie le podía dar trabajo, ni comida, ya que se exponía a juicios rápidos de dudosa claridad. Intentó llevar adelante aquella vida la que llevaba en sus entrañas sufrió tanto que no soportó ver la mirada esquiva de aquellos, a los que enseñó a ver desde otro punto de vista, a pensar diferente, a razonar, a no quedarse con una única versión de las cosas. Eso era muy peligroso para la gente de la falange, que la perseguía noche y día.
Un primero de junio, Carmiña tomó la decisión más dura de su vida.
Sus pasos se enfilaron a un barranco que daba al Atlántico, cerca del lugar que vio partir a Manuel hacia América, acarició su vientre, pidió perdón en voz alta, abrió sus brazos y voló....
Luego de contarnos aquella historia,el gallego se quedó en silencio.
La tarde fue cayendo estrepitosa y fría para Manuel. Una lágrima furiosa quemaba el borde rojizo de sus ojos. Una vez más, rascó su cabeza calva y se fue muriendo en la soledad de su exilio.
HUGO PEREZ
Diciembre 2008
1 comentari:
Me ha gustado mucho.
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