NARRACIÓN EN TERCERA PERSONA.
SAÚL EL HEBREO
Apenas despuntó el sol, Saúl el hebreo se paró frente a la ciudad y clavó los ojos en la muralla que la rodea Se le adivinaba una expresión de odio o de derrota en su cara pálida y huesuda. La silueta al principio borrosa caminaba desde el horizonte arrastrando la capa oscura por el polvo, clamaba en una lengua incomprensible, aullando palabras que sonaban como juramentos decapitados, quizá el tono vencido expresaba la inutilidad de tantos esfuerzos. Los centinelas lo vigilaban desde la torre con un secreto sentimiento de horror.
El cielo estaba claro aquel día, diáfano,una ligera tramuntana acercaba el intenso olor a mar que venia desde la costa, luego de horas de espera delante del portal de entrada a la ciudad, Saúl se mantenía en pie, altivo, mirando ese mismo sol que tantas veces vio salir, saco un pañuelo y secó su rostro húmedo en transpiración, rascó su barba rojiza como hacia de costumbre cuando estaba nervioso.
Barcelona en esos momentos era una imagen caleidoscópica. Había sido una aldea llana, un pueblo con casas de madera y tejado de piedra. Había poseído alternadamente templos, palacios, y fortalezas. Ella sola era todas las ciudades concebidas y soñadas y albergaba todas las depravaciones, bondades y delirios. La ciudad esta convulsionada por las noticias que llegan desde Aragón, los reyes católicos se decidieron construir el ejercito más poderoso que se podía en aquel momento. La consigna era clara, conquistar el sur de la península expulsando a los Árabes cueste lo que cueste. Tenían tanto poder que no reparaban en las formas.
A pesar de la reputación de la que gozaba Saúl, especialmente en los medios económicos, le abrían advertido de los cambios que se están promoviendo, no era nada fácil para aquel hombre que cargaba sobre su espalda toda una historia de mudanzas y persecuciones, intentando siempre ser parte del paisaje, aunque el destino parece ensañarse con él y jugarle una mala pasada. Hoy nuevamente espera noticias, y no de las buenas.
La noche anterior durante la cena, habló con su esposa de lo que estaba sucediendo, esa conversación extrañó mucho a Lia porque él nunca solía comentar nada de sus operaciones, y le tenía dicho que si algo le pasara, se fijase en el libro de anotaciones y hable con su primo de Girona que él sabría que hacer. Pero esta vez era distinto, demasiado peso para soportarlo solo,nunca había llorado hasta aquella noche de primavera.
El ruido del galope de los caballos, se hacia cada vez más intenso, Saúl aguardaba impaciente bajo el sol, un centinela dio el aviso y se abrieron las pesadas puertas de madera. El grupo de soldados entró al galope y se paró delante de él , envueltos en una nube de polvo, iban armados de manera extraordinaria, impresionaba ver aquellos hombres rudos ostentando en el pecho una especie de túnica con una cruz grabada en el medio.
El capitán bajó rápidamente de su caballo alazán brioso y excitado por el viaje, tomó en sus manos un pergamino con el sello real y se dirigió a Saúl . Este escuchó con atención las palabras de aquel soldado, una por una resonaban en su interior, no había apelación posible su destino estaba marcado le quitarían un cuarto de su fortuna y le permitirían marchar con su familia fuera del condado, como último recurso, lo dejarían quedarse si previamente él y su familia se convertían al catolicismo.
No había duda, se cumplía los más oscuros presagios, habrían de marchar hacia un nuevo hogar , dejando algo más que parte de su fortuna, dejando parte de su vida el lugar donde nació su hija Raquel, la casa que él mismo diseñó y de la que estaba tan orgulloso.
Todo pasaba tan de prisa por su cabeza, girando y girando a su alrededor , no aguantó y se desplomó cayendo de rodillas con el papel arrugado en su mano, clamando al cielo.
“Me quitad la vida, me quitad los medios, he soportado la ofensa de aquello que me ofende y aún así me pagad con esto”. Fueron las últimas palabras del hebreo aquel día.
El relinchar de los caballos anunciaba la retirada de los soldados fuera de la fortaleza, un horizonte de perros les daban la despedida.
Saúl se levantó a duras penas intentando reaccionar de aquel duro golpe,llevaba en su mano derecha el decreto que apretaba con rabia, y en la otra acariciaba la estrella de David que colgaba de su cuello, y se marchó lentamente.
Danzaban golondrinas viajeras en el aire y un cielo tan claro se cubrió de grises.
HUGO PEREZ
01/12/08
2 comentaris:
Tengo que reconocer que cuando leíste el relato en clase me quedé anclada en el tiempo. Fue la historia, el tono, no sé... pero fue como si me explicaran algo vivido algo cercano... En resumen, si fuera por mi te ponía un sobresaliente!
hola Laura
quiero agradecerte infinitamente tu comentario, además debes saber que tus palabras son como suaves caricias para los sentidos.
HUGO
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