dimecres, 28 de gener del 2009

Fría sabe mejor

-Señora Fina, le recuerdo que ya no tengo perro.
-Mire Juan, ya está bien de jugar conmigo. Su balcón es el único que tengo encima y los pipís sólo pueden caer de él.
-Tranquilícese ¿Cómo va a caerle nada desde mi balcón? No tengo ni plantas. Pase. Pase de una vez y compruébelo usted misma.
La mujer, con gesto altivo, siguió a su vecino hasta llegar al amplio comedor. Juan se paró delante de la cristalera, abrió y se apartó a un lado.
-Mire.
Fina salió al balcón. Efectivamente estaba completamente vacío y el suelo con polvo. Parecía que no lo había pisado nadie en días.
Tenía que reconocer que no había ni perro ni plantas ni nada de nada y aún así no estaba convencida.
Dignamente, con la cabeza bien alta, sin disculparse, volvió a su casa.
No había pasado ni media hora que ya estaban otra vez los ladridos.
“Maldito chucho” pensaba.
Se iba a volver loca. No podían ser imaginaciones suyas. Abajo no vivía nadie y además el agüilla amarillenta siempre venía del balcón de Juan y eran meadas de perro, seguro, además ella no estaba sorda ni ciega. Aunque si debía ser sincera al perro no lo había visto desde hacía meses. ¿Y si le mintió cuando le dijo que había muerto? Pero entonces ¿Dónde lo escondía? No podía ser. Era su imaginación. Los dichosos nervios otra vez.
Juan, con gesto lento, apretó el botón de stop y los ladridos de su querido Boby dejaron de oírse. Con la misma parsimonia salió al balcón y derramó el líquido por una de las esquinas.
-Ahora sí que te va a molestar el perro. Imbécil.