Ejercicio nº 1
La madre de él lloraba quedamente.
La de la muchacha estaba serena.
-Mamá – dijo la joven - ¿vendrás a vernos?
-Claro, cielo. En junio estoy ahí.
-Abrázame fuerte. Siempre lo haces tan flojito – le reprochó – Parece alegrarte que me vaya.
La madre sonrió y la besó en las mejillas.
-Qué tonterías dices. Estoy contenta porque es una oportunidad muy buena para vosotros.
-Pero tan lejos…
-Con los aviones todo está cerca. Venga, alegra esa cara.
La joven pareja finalmente desapareció de la vista.
La consuegra se secó las lágrimas.
-Cómo te admiro Con que serenidad lo llevas todo.
Se encogió de hombros. Realmente estaba contenta No deseaba perder a su hija pero sí alejarse de ella. Con la distancia quizás podría olvidar el día que su vida quedó marcada para siempre.
Seis meses después era ella quien subía a un avión. Doce interminables horas la separaban de su hija.
No había servido de nada la soledad ni la distancia. Una y otra vez veía como su pequeña hija, alegre y divertida, asustaba a su padre empujándole.
-Uuuuuu….- La niña reía.
Él braceaba. Intentaba guardar el equilibrio pero finalmente caía al vacío.
¿Cómo decirle a una niña de tres años que había matado a su padre? ¿Cómo llevar eso guardado durante veinticinco eternos años más? ¿Cómo vivir con aquella pesadilla?
El viaje había acabado. Temía y deseaba ver a su hija.
Estaba allí, radiante, esperándola.
-Mamá, por fin.
-Estás muy guapa.
-Te lo quería decir en persona. Estoy embarazada.
El corazón le dio un vuelco. Quizás había llegado el momento de perdonar.
Abrazó a su hija con toda la fuerza de que fue capaz.
-Mamá, te quiero.
-Yo también cielo. Yo también.
Ejercicio nº 2
Salí corriendo roja de vergüenza y llorando. Por varias razones era el peor día de mi vida.
Unas horas antes estaba nerviosa pero ilusionada.
Me había comprado un vestido para la ocasión, hecho una limpieza de cutis y pensaba maquillarme utilizando las enseñanzas y productos del cursillo intensivo realizado la última semana.
Lo tenía todo controlado.
Era como la puesta de largo en la empresa. Por fin se reconocía mi dedicación.
Ocho días antes mi jefe me había llamado para decirme lo que estaba deseando oír.
-Julia, los Consejeros están muy contentos con su trabajo y han aceptado hacerla socio colaborador. Sabe lo que eso significa.
-Si.
-Personalmente creo que hace tiempo que se lo merece y confío en usted plenamente.
-Gracias. No le defraudaré.
-El próximo viernes, aprovechando el veinte aniversario de la empresa, habrá un cóctel y se anunciará su ascenso. Estarán todos los directores. Será su día. Disfrútelo.
-Gracias señor, sin usted no creo que hubiera podido conseguirlo.
-No diga eso Julia, sabemos lo que vale.
Por fin había llegado el momento.
Seríamos unas cincuenta personas, los más importantes. Socios, directores, gerentes, jefes de departamento y sección; muy pocas mujeres. Era todo un logro. Los más cercanos a mi se sentían orgullosos.
Estaba nerviosa y tuve que ir disimuladamente al baño. A la vuelta me acerqué a mi jefe.
-Esté atenta, ahora van a nombrarla – me dijo en tono cariñoso.
Suspiré hondo. Ojalá mis padres pudieran estar acompañándome.
Escuché con atención, emocionada, las palabras de halago que sobre mi persona decía el Director General.
Pidió que me acercara para darme un abrazo, salí de mi rincón y caminé entre todos los presentes.
Sonreían. “Felicidades” “Enhorabuena” Eran las palabras que más escuchaba.
No sabía por qué, parecían tener cara de circunstancia. Como si disimularan. Aquellos metros se me hicieron largos. ¿Qué les pasaba a todos?
El Director General me abrazó y besó en la mejilla.
-Tranquila nena, tranquila.
¿Tanto se me notaban los nervios y la emoción?
Volví sobre mis pasos, estaba algo turbada. Me miraban tan raro…
La jefa de personal se acercó y abrazándome dijo quedamente: “Llevas la falda enganchada en las bragas, cariño”
Salí corriendo roja de vergüenza y llorando. Sin duda era el peor día de mi vida.
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