Canturreando, Natalia preparaba la comida del medio día. Su hijo de cuatro años jugaba en el salón con la abuela. Se oían las dos voces, animadas y felices.
Adivinaba la escena tantas veces repetida. Su madre, sentada en el sofá jugaba como una criatura más, la edad la había convertido en una persona divertida e infantil y Javi la adoraba. No se sabría decir cual de los dos era más juguetón y fantasioso.
De pronto, la joven, alertada por su sexto sentido de madre, sintió la necesidad de abandonar la cocina y acudir al salón.
Natalia quedó parada, algo no estaba claro, algo había sucedido, pero no veía el qué.
El niño jugaba con su pelota tirándola hacia la portería de fútbol.
-Javi…. ¿Qué es eso?
-Mira, mami, una portería – Javi estaba exultante de alegría.
-¿Y… y la abuela? ¿Y el sofá? – preguntó aterrorizada.
-Se han ido – Seguía lanzando la pelota una y otra vez al fondo de la red –He hecho lo que dice la abuela, cerrar los ojos y desear algo con mucha fuerza.
Natalia cerró los suyos y deseó que todo fuese un sueño.
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