dimecres, 25 de març del 2009

Paisaje de viernes noche

Soy una privilegiada. Mi turno de trabajo me lleva a estar encerrada en una cabina de tren cinco días a la semana. Por suerte, los viernes, al final del túnel no veo un andén de estación o las cocheras. Los viernes, al final del túnel lo que veo es la calle, ancha, iluminada, con tráfico, con personas caminando y cruzando la calzada, a las que no atropellaré si me las encuentro delante. Los bares son mis estaciones de fin de semana, voy entrando y saliendo y en cada uno bebo alcohol. Al principio estoy eufórica pero después, conforme van pasando los tragos por mi anhelante y seca garganta, me entra la inseguridad, no es el espacio abierto mi sitio, mi lugar son los túneles, la oscuridad, la soledad y el deseo de que pase algo que cambie mi rutina, que me haga salir del subterráneo en el que me encuentro. Siempre estoy esperando. Hasta hoy. Hoy, un compañero me ha pedido cambiarle el turno, hacer la noche del viernes, no he sabido negarme, quizás mi hígado lo estaba suplicando.
Al principio todo ha sido como siempre, parar, abrir puertas, cerrar puertas, una estación tras otra, una vuelta tras otra.
Unas horas más tarde casi no viajaba nadie. Llevaba a cuatro borrachos, dos negros, algún extranjero más y un vagabundo apestoso de orín.
Prefiero mi turno. Me deja menos tiempo para pensar.
Veo por el espejo que dos compañeros están en el andén, me saludan con la mano y vienen hacia mí.
-Hola colega ¿Todo bien?
-Si.
No les conozco pero me han hablado de las “brigadas de la noche”
-Estaremos por el tren, ya sabes.
-Vale – asiento con la cabeza.
La décima estación es la más solitaria, el vagabundo baja dando tumbos y tras él mis compañeros, les grita e insulta. Intenta pegarles con una bolsa de lona, mugrienta, que lleva en la mano pero ellos no se dejan. No sé si debo arrancar el tren, estoy dudando cuando uno de ellos me hace un gesto para que retrase la salida. Lo estoy viendo todo por el espejo. No siento nada especial, a veces estas cosas pasan, casi a diario.
Me indican que ya puedo marchar y arranco, con velocidad, y ellos aprovechan la fuerza del tren para golpear al vagabundo y empujarlo contra el vagón. El viejo sale despedido con fuerza y cae al suelo del andén. No veo más, el túnel hace un giro hacia la derecha.
A la siguiente vuelta me están esperando. Han escogido mi tren, me han elegido y no sé la razón.
-Hola colega ¿Todo bien?
-Si.
-Es una noche tranquila.
-Ya lo veo.
-Aunque nunca se sabe – ríen – a veces se anima cuando menos te lo esperas.
No sale en los diarios. Borrachos, vagabundos, drogados y extranjeros pagan sus miserias en escaleras, andenes y vías de metro.
Al acabar el turno mi amigo me dijo que él solía ir a la churrería y se tomaba un chocolate muy caliente con unos churritos. Hago lo mismo.
-¿Qué? ¿Ha ido bien la noche? – Me pregunta el churrero, amistoso.
-Si – le contesto con la boca llena.
-¿Unos buñuelitos para casa?
Caigo en la cuenta de que mi padre es diabético.
-No, bueno, unos pocos pero no les ponga azúcar.
Mi padre está despierto. No le gusta el turno de noche para mí.
-¿Cómo te ha ido?
-Supongo que normal.
-No vuelvas a trabajar los fines de semana.
-Tú siempre lo hacías, así estabas más tiempo con la familia.
-Me equivoqué. Además tú estás soltera.
-Papá.
-¿Qué?
-He pensado cambiar de trabajo. Antes me gustaba pero ahora….
-Pide pasar a oficinas.
-Estaba pensando en dejar la compañía.
-Es un trabajo seguro, hija.
-Está acabando con mi salud mental, papá.
Mi padre suspira dolido, me comprende pero teme que pierda un buen empleo.
-Todos aguantamos hija, mira yo, cuarenta años llevando trenes.
-¿Y no estabas harto?
-Te acostumbras.
-¿A todo?
-A todo hija, a todo.
-¿A que precio?
Mi padre nunca habla de su trabajo y me consta que cambió felicidad por seguridad.
-¿Tan mal lo has pasado esta noche?
-Supongo que igual que tú pero no quiero tener que acostumbrarme.